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🧠¿REALMENTE EXISTE EL “DESEQUILIBRIO QUÍMICO” DEL CEREBRO?


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La frase “desequilibrio químico” se instaló en el imaginario colectivo por ser breve, cómoda y comercializable. Pero su simplicidad es engañosa. Antes de discutir su validez científica, conviene mirar un fenómeno paralelo: la creciente medicalización de niños y adolescentes con ritmos de aprendizaje distintos. En vez de ofrecer paciencia, pedagogía rigurosa y estrategias educativas ajustadas, con demasiada facilidad se impone una etiqueta diagnóstica acompañada de un frasco de pastillas que promete más de lo que puede cumplir. Padres angustiados, docentes saturados y profesionales desbordados caen en el atajo del “si no rinde, debe ser químico”, abriendo una pendiente peligrosa donde la pedagogía cede terreno a la farmacología.

Lo mismo ocurre —ahora con lenguaje técnico y bata blanca— en la psiquiatría masificada y difundida en redes y consultorios sobrecargados. El viejo eslogan del “desequilibrio químico cerebral” prosperó porque es simple, ofrece alivio inmediato y resultó útil para una industria que convirtió ese mensaje en un recurso de marketing. Sin embargo, la ciencia nunca avaló esa afirmación con pruebas sólidas.

Investigadores como la psiquiatra británica Joanna Moncrieff han mostrado desde hace años que no existe evidencia consistente de que la depresión, la ansiedad u otros trastornos mentales se deban a un déficit medible de serotonina, dopamina u otros neurotransmisores. El periodista científico Robert Whitaker ha documentado, además, cómo este relato bioquímico moldeó prácticas clínicas y mercados enteros, desplazando la valoración de factores psicológicos y sociales.

La evidencia respalda estas críticas. Los estudios que intentaron demostrar que “la depresión es baja serotonina” han arrojado resultados contradictorios o directamente nulos. Las neuroimágenes no han identificado un “desbalance” estable o replicable. Pese a eso, el mito persiste, como tantas ideas que sobreviven no por su verdad, sino por su utilidad cultural.

La neurociencia actual reconoce que el cerebro es un sistema dinámico y plástico, influido por genética, experiencias tempranas, vínculos, trauma, entorno socioeconómico, expectativas, espiritualidad y sí, también por procesos neuroquímicos. Pero no por una única molécula fuera de lugar. Incluso los manuales clínicos modernos evitan la afirmación simplista del “desequilibrio químico”.

Lo que sí sabemos es que los psicofármacos pueden aliviar síntomas, modular estados mentales o ayudar en crisis. Pero eso no significa que “corrijan” un error químico previamente identificado. Sus efectos son más comparables a los de sustancias que modifican funciones corporales —como la cafeína o el alcohol— que a la reparación de una pieza averiada.

Aquí aparece la dimensión ética. Decirle a alguien “tu cerebro está químicamente roto” es reducir su experiencia vital a un defecto molecular imaginario. Decir “tu hijo tiene un problema químico porque se distrae” apagará la creatividad pedagógica y encenderá el piloto automático de la receta. Como sociedad, repetir sin crítica este dogma empobrece nuestra comprensión de lo humano.

La psicología contemporánea propone otra mirada: integral, relacional y valiente. La depresión no es un fallo mecánico; muchas veces es una respuesta a pérdidas, a historias interrumpidas, a contextos hostiles o a cuerpos exhaustos. La ansiedad no es un derrame químico; es un sistema de alerta afinado por experiencias pasadas, reales o heredadas. Y el aprendizaje lento no es patología: es un ritmo personal que demanda mejores estrategias de enseñanza, no más medicación.

Investigadores como Moncrieff, Whitaker y otros no niegan la utilidad de los fármacos. Lo que rechazan es el relato simplista que los convirtió en salvadores químicos. Plantean un enfoque donde la salud mental se construye a través de vínculos, palabra, tiempo, comunidad, apoyo psicológico y —cuando realmente corresponde— medicación, pero sin mitos de laboratorio.

La dignidad humana merece más que un eslogan neuroquímico. Merece la verdad compleja: esa que no cabe en una cápsula. Y merece profesionales que escuchen antes de medicar, acompañen antes de diagnosticar y piensen antes de repetir teorías reconfortantes pero falsas.

El cerebro no es un balancín químico que se ajusta con un destornillador farmacológico. Es un universo vivo, moldeado por lo que amamos, sufrimos y soñamos. Reducirlo a un desequilibrio es empobrecer la obra más sofisticada de nuestra existencia.

 
 
 

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